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Размещено: 17 января 2020 13:39
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Últimamente, desde hacía unos meses, estaba obsesionado con mi hermana, tenía siempre la sensación de que era un putón verbenero. Es una chica muy mona, con carita inocente; precisamente esa carita era la que más pinta le daba de zorra calientapollas.

Me estaba desquiciando con ella, me la imaginaba follando con cualquiera, chupando pollas a diestro y siniestro… No entiendo porqué, pero debía de ser su pinta, sus ademanes… La cuestión es que me tenía mártir. Había crecido, ahora tenía curvas, suaves pero marcadas, tenía tetas, medianillas y muy tiesas, tenía culo, duro y respingón. El mero hecho de verla me empalmaba. ¡Si es que tenía una carita de puta…!

La convivencia de cada día me llevó a un momento en que perdí totalmente los papeles y decidí que la iba a dar su merecido, me la iba a tirar como sea. Sabía que ella no tragaría el montárselo conmigo así que ideé un plan para obtener lo que, últimamente, tanto ansiaba. Decididamente estaba enfermo.

Mi padre tomaba pastillas para dormir por la noche. Mamá tomaba ansiolíticos y otro medicamento, tipo miorelajante, por sus dolores de espalda. Sabía que los tenían en la mesilla de noche de su habitación y no había ningún problema en cogerlos; me hice con unos cuantos, estuve un buen rato machacándolos hasta hacerlos polvo. Una noche, unos días después, a la hora de la cena, se los eché a mi hermana en el vaso de leche con cacao que se tomaba antes de acostarse.

No tardamos mucho en irnos todos a dormir. Sobre las 11 de la noche, mis padres se tomaron sus pastillas, como de costumbre, mientras, Elena y yo nos fuimos a nuestros respectivos cuartos. Puse el despertador a las 2 de la madrugada, seguro que a esa hora estarían fritos, sobretodo mi presa.

Ni siquiera esperé a que sonara el reloj por la excitación que tenía. Me encaminé hacia la habitación de Elena; la encontré tumbada boca abajo, solía dormir así, destapada y vestida con camisón y bragas.

Me tumbé a su lado, hacía bastante calor y yo estaba sudando a mares, me temblaban las manos, un estado febril se había apoderado de mi. Directamente me puse a acariciar su culo por encima de la ropa interior. Tardé poco en meter la mano por el elástico para sobar su piel, su suavísima piel, debería decir; era una gozada. Ella solo soltaba un ronquidito suave, por lo demás, ni se movía, la mezcla de pastillas parecía haber dado resultado.

Fui metiendo más la mano hasta alcanzar sus labios vaginales. Estaban cerrados y secos. Seguí acariciando las nalgas, el ojete, metiendo un poquito de falange del dedo para dilatarlo… A cabo de un rato empecé a abrirle el coño con los dedos… Al hacerlo le metí uno; mi sorpresa fue que entró sin problemas, por dentro estaba empapada. Ahora su flujo encharcaba toda la zona con libertad, se lubricó perfectamente. Su ronroneo se hizo un poco más ronco, más profundo, pero seguía sin moverse. Bien.

Después de un buen rato masturbándola con la mano, decidí cambiar de postura, ponerme encima de ella y comerle el conejo. Dicho y hecho. Con cuidado le quité las bragas, le abrí las piernas lo que pude y estampé mi cara entre sus nalgas. Rápidamente empecé a pasarle la lengua por toda la zona, a chuparle el culo, a meterle la lengua en la vagina, a intentar llegar hasta el clítoris… La postura era un poco forzada para mí; de hecho, apenas alcanzaba su botón de placer. Cogí un almohadón y con esfuerzo y cuidado se lo puse debajo de las caderas, con esto tenía mejor campo de acción. Seguí con la faena, disfrutaba como un loco, estaba aprovechándome de mi hermana, la estaba dando su merecido…

Elena empezaba a mover muy suavemente las caderas pero seguía dormida y suponía que continuaría así. Lo que le había echado en la leche era para dormir a un elefante. Yo, a lo mío, a comerle el clítoris ahora que podía hacerlo mejor. Al final, decidí ponerla boca arriba, me estaba asfixiando. Me costó un rato conseguirlo. Cuando intentaba voltearla, ella se movía y parecía que se iba a despertar.

Como digo, finalmente la puse como quería. Estuve un rato quieto antes de volver a atacar su coño con mi lengua, ahora podía comerle bien todo, incluso meterle otra vez un poco de dedo en el culo. Chupaba y metía sin parar mientras mi hermana volvía al movimiento suave e involuntario de caderas… Al cabo de otro ratito, no mucho, se tensó respirando más profundo, gimió un poco y se corrió como una burra, yo me lo comía todo disfrutando como un cabrón ¡Y seguía dormida! La verdad,  no se me había ocurrido pensar en qué hacer si se despertaba…

 Cuando se relajó, empecé a sobarle las tetas, hasta entonces no se las había tocado. Me preocupé especialmente de sus pezones, de excitarlos, de ponerlos de punta. Poco a poco lo iba consiguiendo, se iban erizando y ella volvía a un ronquido más profundo. Le subí el camisón, me comí su teta derecha, luego la izquierda, fui pasando de una a otra, tenía la polla a punto de reventar, llevaba más de media hora con mi hermana y necesitaba descargar de una vez.

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Le abrí bien las piernas poniéndome entre ellas, me ayudé con una mano y le fui metiendo la polla… ¡Qué gozada! Entraba poco a poco, costaba… Parecía que no iba a conseguir llegar hasta el fondo, iba embalado, hice unos cuantos mete saca para acomodarle la vagina a mi nabo, para que lubricara bien y se la metí hasta el fondo. Dio un quejido, se tensó en un orgasmo corto e intenso…

Al cabo de unos segundos se relajó, movía un poco la cabeza de un lado a otro, intentaba cambiar de postura, cosa imposible conmigo encima… Yo no me atrevía ni a respirar, me daba cuenta de que ese coño había sido poco o nada usado. ¡Y yo que pensaba que era un putón! ¡A lo mejor sólo era una comepollas! Intentaba justificar lo que estaba haciendo. ¡Vaya marrón!.

Un rato después se quedó quieta. Ante lo inevitable y tremendamente caliente decidí seguir, empecé a bombear, ¡Ya que estaba…! Aceleraba mi ritmo, cada vez más fuerte, más rápido, no me daba cuenta de que ella, ahora,  movía la cabeza de un lado a otro más seguido. Yo ya no veía nada, se la clavaba con furia, a punto de correrme…

Elena volvió a tensarse y a gemir, demasiado para mí. Me corrí a lo bestia llenándole el coño de leche caliente mientras ella «disfrutaba» del tercer orgasmo de la noche…

Poco después me incorporé, bajando de la cama. Ella estaba despatarrada, con una mancha entre las piernas, podía distinguir vagamente como escurría mi semen hacia su culo… Me di cuenta de lo que había hecho. ¡Había violado a mi hermana! Seguía dormida, ahora más relajada, ¡Para no estarlo! Seguía dándole vueltas a lo que acababa de pasar. Estaba enfermo. Había sido presa de un delirio que me había conducido a cometer una atrocidad. ¡Si la pobre sólo tenía 16 años!

¡Además, sin condón! ¡Me la había follado a pelo! ¡Dios mío, qué locura! Fui al baño y estuve a punto de vomitar por el sentimiento de culpa y remordimiento; me relajé y, al cabo de unos minutos,  cogí una palangana y una esponja. Con muchísimo cuidado y durante mucho rato estuve lavándola bien, incluso por dentro. Luego le puse las bragas y le bajé el camisón. Tenía cara de satisfecha, pero ¿Y cuando despertara? Se daría cuenta enseguida de lo que había pasado, supongo. Estaba además la mancha de semen de las sábanas, no la había podido quitar.

Se me ocurrió ir a mi habitación a por la sábana bajera, era blanca como la de ella, intentaría darle el cambiazo. Tardé casi una hora en ponerla, hacer una cama con una persona en ella no es nada fácil, pero al final lo conseguí, por lo menos no quedaban pruebas tan evidentes. Ahora bien, el sentimiento de culpa estaba empezando a agobiarme, me sentía cada vez peor, más miserable. Puse la sábana sucia en mi cama, hasta que me tocara cambiarla el fin de semana, nadie se iba a fijar en ella. Además, nadie sospecha de una sábana de chico manchada de una corrida…

A la mañana siguiente fui a la cocina a desayunar después de haberme duchado y vestido. Mi hermana estaba tomando su cacao, estaba muy seria y me miró de forma extraña. Al que no le extrañaba era a mí. Intenté ser lo más normal posible, la saludé como siempre con un «buenos días» mientras me preparaba un café con leche. Aparecieron mis padres a los que, como de costumbre, di un beso y me fui a la facultad sin decir nada más.

Los días siguientes Elena seguía mohína y seria, apenas hablaba, mis padres le preguntaron varias veces si le pasaba algo pero ella respondía siempre que nada, que estaba bien. También yo le pregunté lo mismo y obtuve la misma respuesta.

Algo más de un dos meses después, una tarde en la que estaba estudiando, entró mi hermana en mi habitación. Tenía los ojos rojos e hinchados de haber llorado mucho…

-Me tienes que ayudar, por favor, me tienes que ayudar – Me dijo con voz quebrada por el llanto.
-¿Qué? – Contesté -¿En qué te tengo que ayudar?

En ningún momento temí que me dijera algo de lo que pasó, habían pasado un par de meses de aquello…

-¡Estoy embarazada!

-¿Queeee? ¡Pero qué coño estás diciendo! ¡Cómo que estás embarazada! ¡Estás gilipollas o qué! – Dije casi a gritos.

¡Me acababa de quedar de piedra!¡Preñada! Solo esperaba que no fuera fruto de la noche aquellla…

Salió de mi cuarto llorando yéndose al suyo, cerrando la puerta al entrar. A pesar de todo fui tras ella, algo tenía que hacer… Entré sin llamar, estaba tumbada en su cama boca abajo con la cara metida en la almohada, se notaban perfectamente los hipos propios del llanto. Me acerqué sentándome en el borde junto a ella.

-Venga Elena, cuéntame como ha sido…

Se dio la vuelta y me miró con los ojos anegados de lágrimas.

-El otro día – Me dijo –Hace unos dos meses, me levanté de la cama muy rara. Me dolían mis partes y parecía como si hubiera pasado la noche follando. Me estuve mirando en el baño y me di cuenta de que no era virgen. Bueno… Ya sabía que no tenía himen, se me rompió de pequeña, pero era otra cosa, estaba todo enrojecido, no entendía nada de lo que había pasado. Además había tenido una especie de sueños eróticos que me habían hecho correrme no cuantas veces. Pensé… No sé ni lo que pensé, todo cosas increíbles. Al final no llegué a ninguna conclusión. Pero hoy, me he hecho una prueba de embarazo, llevo dos faltas y suelo ser muy puntual ¡y ha dado positivo! ¿Qué quieres que piense?¡Soy virgen, no he estado con nadie!

No sabía que contestar, estaba más pillado que un preso en Alcalá-Meco. ¡Joder! ¿Qué le decía? ¿Qué me había vuelto loco, la había drogado y la había violado? Porque eso era lo que había hecho realmente. Sin embargo, no podía decirle la verdad, si se enteraban mis padres me mataban, ella también, la cárcel, yo qué sé…

Estuve un rato convenciéndola de que era imposible lo que decía, que a lo mejor había estado con su novio, le había hecho una paja y luego se había tocado. Eso, aunque altamente improbable, no es imposible. Fue casualidad que, efectivamente, un par de días antes había pasado algo parecido, ya ni se acordaba. Vi el cielo abierto. Aunque Elena no era nada tonta podía llegar a hacerle creer que una chica se puede quedar embarazada si toca el semen de un chico y luego se toca ella.

..
La siguiente cuestión era qué había pasado aquella noche. Le estuve diciendo que, a lo mejor, se había estado masturbando por los sueños eróticos que había tenido… ¡Sueños! Pensé. Y que se había irritado sus partes de tanto tocarse. No sé hasta qué punto una chica puede saber o no lo que había pasado pero, teniendo en cuenta lo drogada que estaba y que el hecho de que los únicos varones éramos mi padre y yo, no era difícil de creer…

No me pareció que quedara muy convencida pero seguí hablando y hablando hasta que aparentó no tener dudas. Realmente era increíble que pudiera pensar que yo me la había tirado, jamás había dado muestras de querer nada con ella. Yo seguía con un cargo de conciencia terrible.

Quedaba el tema del embarazo. La convencí y me la llevé a Planificación Familiar. Nos dijeron que no había problema en que abortara dada su minoría de edad, falta de recursos y no saber quien era el padre. Ahora bien, tenían que comunicárselo a mis padres que debían autorizarlo.

¡Joder! Ahí estaba el problema, mi hermana tenía pánico a que nuestros progenitores pudieran enterarse del tema, como era la pequeña de la casa la tenían muy mimada y consentida y esto supondría un auténtico palo para ellos. Le dije a Elena que no se preocupara, que yo lo arreglaría todo, que debía confiar en mi.

Encontré una clínica privada donde practicaban abortos, en principio totalmente legales, pero no eran tan estrictos en las formas como la sanidad pública. También pedían la autorización paterna pero me dieron un impreso para que lo firmaran. Evidentemente lo falsifiqué, no fue complicado. Luego, me gasté todos mis ahorros, lo que conseguía trabajando los veranos, la paga semanal, etc, en la intervención.

Fue un trago realmente amargo para ella, lo pasó fatal. Yo estuve a su lado todo el tiempo, dándole el apoyo que necesitaba. Todo se realizó en un solo día, mis padres ni se enteraron.

A partir de ahí, Elena se volvió más seria, más taciturna, lloraba a menudo… Me propuse reparar mi afrenta como fuera, sería el hermano ideal, mejor que un hermano, así que, a partir de ese momento, mi hermana se convirtió para mi en una obsesión, mejor dicho, su bienestar.  Estaba siempre pendiente de ella, de sus deseos, sus caprichos… Incluso salía con ella o la llevaba y la recogía de los sitios a donde fuese.

Al principio, también estuvo reacia conmigo, pero el tiempo lo cura casi todo. Como me había quedado sin un pavo me puse a trabajar de reponedor en un hipermercado, compaginándolo con los estudios, para sacar algún dinero. Me lo gastaba todo  en ella, en regalos, ropa, todo lo que quisiera. De esta manera creía estar redimiéndome de lo que le había hecho.

Dejó de salir con su noviete, salía con compañeras de su edad, ligaban con chicos pero mi hermana raramente se interesaba por ellos. Me convertí en su sombra, me quedaba con ella y sus amigas siendo el único chico, me hice prácticamente indispensable, era su confidente y amigo además de hermano, jamás habíamos tenido una relación semejante.

Toda esta dedicación trajo consigo el que yo dejara de ver a todos mis amigos y amigas, no tenía novia ni siquiera en proyecto,  mi única ocupación en mis ratos libres era mi hermana. A ella empezó a no gustarle salir si yo no estaba, se quedaba en casa esperándome, cosa que me agradaba mucho.

Poco a poco fue confiando más en mí y esa confianza se fue transformando en algo más, algo no definible, pero era un sentimiento más profundo que el de simple amor fraternal. Me pasaba a mi y parecía que también a ella. El día de su 17 cumpleaños le monté una fiesta en casa que fue la mejor de su vida, con todas sus amigas, chicos, bebida, comida, música, regalos… No faltó de nada. Estuvo feliz y reía como hacía tiempo no hacía. Me sentí interiormente perdonado.

Unos días después, Elena volvió a perder el humor que había recuperado, parecía no hacer caso de mi dedicación y yo sentía revivir los fantasmas pasados. Hubo momentos en que me dio rabia su actitud, me sentía despechado y, alguna vez, casi tuve la tentación de repetir la famosa hazaña. Menos mal que fue algo muy pasajero. Desde luego, no iba a volver a hacer aquello ni loco. Nunca me paraba a pensar mucho en lo que pasó, en los motivos que me impulsaron. Cuando venía a mi cabeza, intentaba evitar pensar en la culpa, me quedaba solo con el placer del cuerpo de mi hermana.

También yo empecé a distanciarme de ella, si mi presencia o mi actitud le molestaban, al menos eso me parecía a mí, prefería apartarme a hacerla daño. Mi habitación era mi refugio del que apenas salía cuando estaba en casa, no hacía ninguna vida familiar, hasta mis padres, de vez en cuando, me decían que aquello no era una pensión, que me integrara un poquito más en la familia. Así pasaba el tiempo hasta que mi hermana decidió hacerme una visita en mi cuarto.

-Oye Luis, quería hablar contigo. No sé si estás enfadado conmigo por algo, pero últimamente estás de lo más raro, ni me acompañas ni nada.

Me quedé un tanto extrañado, para mi era ella la que había cambiado, la que estaba seria y pasaba de mí.

-No se que decirte. – Le contesté –Yo no estoy enfadado contigo para nada

Esperé que fuera ella la que se sincerara

-Pues lo parece. Ya no sales, no me llevas con mis amigas, por lo que a mí no me apetece ir. Si tienes algún problema, cuéntamelo. Por lo menos te desahogas.

-No Elena, no tengo problemas. Lo único es, que me daba la sensación de que no querías que estuviera tan pendiente de ti. Bastante has pasado como para tener otro agobio…

Mis palabras parecieron hacerla efecto. Ella estaba sentada en la cama y yo en la silla de mi escritorio. Se levantó, se acercó a mí dándome un abrazo y me besó en una mejilla. Me levanté también correspondiendo al abrazo, metió la cabeza en mi hombro y se puso a llorar quedamente.

-No es eso, es que…

La separé de mi para mirarla a los ojos

-¿Es que, Elena?

-Me da vergüenza decirlo. – Me dijo bajando la mirada

-Mira, llevas un tiempo en que has vuelto a estar seria y triste, más encerrada en ti misma. Yo creía que era por mi, pero si no es eso, dime qué te pasa

Me volvió a abrazar sin contestar. Me empezaba a cansar su actitud a la vez que me encantaban sus abrazos. Volver a notarla tan cerca de mí me excitaba un poco y no quería que ella lo notara. Volví a separarme para mirarla.

-En mi puedes confiar. Puedes decirme lo que sea.

Se calmó y dejó de llorar. Se secó los ojos con un pañuelo de papel y me contestó

-Solo quería saber si te pasaba algo conmigo. Si no te pasa nada, mejor.

-Venga Elena. A la que le pasa algo es a ti. Ya te he contado lo que tenía yo, pero sigo sin saber lo tuyo. Si sigues estando seria y borde, conmigo no cuentes.

No estaba dispuesto a estar pendiente de ella y que me tratara mal. No tenía ninguna intención de que se me fuera la olla otra vez. Se puso colorada, volvió a bajar la mirada y no se atrevía a contestarme. Me senté en mi silla e hice ademán de darle la espalda.

-Luis, porfa, no te pongas así. No es que no quiera contártelo, es que me da vergüenza, ya te lo he dicho. Pero lo que no quiero es que pases de mi…

Seguí callado esperando que continuara…

-Jo, es que no me atrevo… – Estuvo un rato en silencio, luego continuó…

-Bueno, lo que me pasa es que no quiero estar con nadie más que contigo y eso no es normal. Eres mi hermano y te quiero, te has portado tan bien conmigo que… No sé como decirlo… Que te quiero más que como hermano, más que antes, vaya.

-¿Qué me quieres más que antes? Yo también y no por eso me pongo borde contigo.

-No me entiendes. Quiero estar contigo a todas horas y, cuando lo pienso, creo que no debería ser así. – Se puso muy roja y sin mirarme continuó. –Hasta, a veces, he soñado con que me tocabas o me besabas y me gustaba ¿Sabes? Y eso no es normal. –Siento por ti algo que no es de hermana, algo que no debería sentir…

Me dejó impresionado, más que nada por la madurez que estaba demostrando a sus 17 años. No me imaginaba a una de sus amigas hablando o actuando así. Sentí un hormigueo que me arrugó las pelotas, me levanté, me acerqué a ella y le di un beso en la boca. Recordaba que la había chupado entera, pero los labios no los había tocado… ¡Que dulces me parecieron! Se dejó besar. Unos segundos después correspondía, lanzaba su lengua al encuentro de la mía, nos mordíamos, me repasaba los dientes… Estuvimos más de cinco minutos de morreo.

Me separé para mirarla, tenía la cara arrebolada, la mirada brillante y una expresión mezcla de sorpresa, pasión y alegría.

-No sé si es normal o no, pero me pasa lo mismo. Hace tiempo que he deseado… Bueno, que te tengo más apego.

Estuve a punto de meter la pata. Tampoco quería que ella pensara que tenía ganas de follármela o que ya lo había hecho. Tenía sentimientos contradictorios; por una parte me apetecía muchísimo repetir la experiencia de echar un polvo con Elena, más si era colaborando, pero por otra, lo que habíamos pasado no era moco de pavo, y pocas ganas de repetir.

Pero ante la indecisión de los hombres siempre aparece la decisión de las mujeres, mucho más hábiles, lanzadas y espabiladas que ellos. En un segundo me había vuelto a besar, a morder los labios casi con ferocidad. Me fue acercando a la cama cayendo en ella abrazados. En dos segundos nos habíamos desnudado completamente ¡era preciosa! Y al siguiente nos enredamos en un 69 como no había hecho en mi vida. Chupaba su depilado coñito haciendo diabluras con la lengua, cogía su clítoris con los labios, lo succionaba y luego le daba pequeños toques. Ella se restregaba contra mi cara mientras me iba mamando la polla con verdadero delirio. Me la tenía sujeta con una mano que movía rítmicamente, mientras con la otra me amasaba los testículos haciéndome ver las estrellas de placer. Me vino a la mente la imagen de zorrita calietapollas que tenía, su carita inocente, su boquita de piñón y me corrí irremediablemente en su boca. Se tragó algo mientras seguía soltando leche a borbotones que salía lanzada para todos lados poniendo todo perdido. Me pajeaba más rápido a la vez que ella misma aceleraba su cabalgada sobre mis labios hasta tener un orgasmo que parecía no tener fin.

Rápidamente dio media vuelta para besarme intercambiando mi semen con su flujo, un sabor explosivo… Yo seguía excitado y apenas me bajó la erección, Elena se me subió encima y, con cierta torpeza, sujetándome el nabo se lo fue introduciendo hasta quedar totalmente empalada. Yo me encontraba en la gloria mientras ella movía las caderas, le sobaba las tetas, suavísimas, sus rugosillos pezones se erizaban. Cambiamos varias veces de postura, nos acariciábamos por todos lados, nos besamos cada centímetro de piel. La verdad es que nunca había echado un polvo como este. Al ser tan seguido a la corrida anterior parecía que mi aguante no tenía límites, llegó un momento en que Elena no pudo más, estaba derrengada, había tenido varios orgasmos que le fueron pasando factura a su resistencia. Al final, acelerando a lo bestia hasta casi darme flato, me corrí en su interior entre grandes gemidos por parte de ambos.

Quedamos abrazados, descansando, durante un buen rato, había sido agotador. De repente caí en la cuenta de que no había usado preservativo ¡Que horror! ¡Ni siquiera había pensado en si estaban mis padre o no en casa! ¡Joder, debía estar chalado! Mientras estaba dándole vueltas a la cabeza Elena se levantó y, sin decir nada, se vistió. Iba a decirle algo cuando ella se me adelantó.

-Me ha encantado y quiero que sepas que te quiero, pero también quiero saber si aquella noche me hiciste algo.

Me quedé de piedra. Debí poner una cara de imbécil impresionante pero Elena no se inmutó esperando mi respuesta. Ahí estaba yo, en pelotas, sin saber que decir, solo pensando en como se le podía haber ocurrido aquello justamente ahora. Para hacer tiempo me empecé a vestir yo también…

-¿A santo de qué viene eso? — Le contesté. Había pasado cerca de un año, mi sentimiento de culpa había disminuido mucho aunque no desaparecido del todo. De todas formas no tenía la más mínima intención de confesar.

-Yo no te he hecho nada, creo que me he portado contigo todo lo bien que uno se puede portar. No se que coño te pasa, pero si dudas de mi mejor nos olvidamos de lo que ha pasado.

-No se Luis, desde entonces he tenido la sospecha de que pasó algo… fue todo tan raro… Y el que tu te portaras tan  bien… Ya te digo que es todo un tanto raro.

Me estaba quedando alucinado. Viene a mi cuarto, se me declara, hacemos el amor y entonces te suelta lo que pasó. Me empezaba a preguntar si todo esto no lo había hecho para sacarme una confesión, o es que ahora se sentía culpable por haberse acostado con su hermano.

Repentinamente cambió de actitud, se me volvió a lanzar y me besó con pasión, otro morreo de campeonato.

-Perdona Luis, a veces no sé qué me pasa. Quizá lo del aborto me dejó marcada y siempre vuelvo a pensar en como pudo suceder…

-Lo que puede suceder es que hemos follado sin condón, así que imagínate.

-¡Anda, es verdad! ¡Que burrada hemos hecho! Bueno, nos vamos al ambulatorio y pedimos la píldora «del día de después». Alguna amiga mía ya lo ha hecho y no hay ningún problema.

Total, así lo hicimos y no pasó nada.  Y así seguimos, follando las noches que podemos, gracias a que nuestros padres tienen el sueño profundo gracias a las pastillas. Elena, de vez en cuando, vuelve a sacar el tema de la famosa nochecita, aunque cada vez menos. Por supuesto, jamás confesaré, sé que sería el fin de todo. Hay veces que la sinceridad no conduce a nada bueno.



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